A medida que la fe islámica se extendía, también lo hizo el hammam, que aún puede verse en Irán, en Asia Menor y, a través de África, desde el norte de Egipto hasta Marruecos. Antes de que los árabes fueran de allí expulsados, había también hammams en la España de los moros y en la zona superior del río Danubio. Los templos, las iglesias y los baños conquistados fueron convertidos a menudo en hammams. Y, así como la religión islámica se acomodó a los judíos y a los cristianos, el hammam también era flexible.

Al igual que los baños romanos, el hammam se transformó en un lugar para socializar. Estos baños estaban entre los pocos lugares del Islam abiertos para todos y en todo momento: desde la mañana temprano hasta la última hora de la noche.

El hammam no solamente era agradable, sino que además supo traer suerte: "Cualquiera que venga al baño por cuarenta miércoles consecutivos tendrá éxito en cualquier cosa que haga",reza un viejo adagio.

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